El triste lejano azul
se desliza de madrugada como un fantasma.
Y un cuervo, comiéndose la noche en tus entrañas,
me formula una pregunta,
pero callo lo oscuro de tu nombre.

Es la cama un espacio de tierra húmeda,
de surcos, de miedo,
de malas hierbas y costumbres,
de tiempo, parásito del olvido.

Y fue anoche cuando me despertó
un grito cruzando el pasillo,
y me costó unos minutos reconocer

mi propia voz.

Hay días y días
y, sobre todo, hay noches
de romper
se.

Hay habitaciones,
espacios de silencio,
que despuntan sus altas paredes el cielo,
y se extienden
y cortan la luz
al filo de la pupila.

Hay un espejo en mi mano
de líneas de tierra y de vida.
Y me veo
nunca más como ayer.